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Si lo más inútil es siempre hacer lo mismo y
esperar resultados diferentes, si el goteo lacerante de la crisis escupe el
lenguaje cotidiano de la injusticia social –500 desahucios diarios, 1.895
nuevos parados cada día, 2.330 despedido s y 100 ERE cada noche, 12,7 millones
de personas sobreviviendo ya en situación de pobreza– y si los mercados
financieros engullen cada día la política económica –40.000 millones de euros
anuales sólo en intereses de la deuda– para seguir socializando pérdidas y
privatizando ganancias, cabe preguntarse, también cada día, cuándo seremos
capaces de decir basta, cómo procede actuar para revertir el asedio y qué
soluciones y medidas podemos activar.
Sumar y restar. Los malogrados hitos pasados,
presentes y futuros de la deriva neoliberal son de sobras conocidos. El temido
'corralito', que ya existe –300.000 afectadas por unas preferentes colocadas
fraudulentamente–; el derrumbe social –un 25% de paro, en máximos históricos–,
o la deriva de precariedades, exilios y desigualdades –con un 30 % de nuestra
sociedad a las puertas de la exclusión social– que nos atenazan y ahogan. Día
sí y día también. Obviedades: si hay alguna certeza, en esta encrucijada de
turbulencias y confusiones deliberadas, es lo que pasará si seguimos acatando
los designios de los mercados. Más acumulación por desposesión, más degradación
de las condiciones de vida y trabajo, más empobrecimiento y más desigualdades.
Más financiarización perversa de la crisis.
Sí. Por encima, pocos con mucho. Por debajo,
muchos con poco. El Evangelio según San Lucas adulterado: a los que más tienen
se les dará más, a los que no tienen casi nada se les quitará lo poco que les quede.
Esta es su hoja de ruta enloquecidamente desbocada. La contracrónica de
nuestros días, que desprende lo rancio de un fraude sistémico: un régimen de deudocracia
que cada día abona a los mercados financieros 120 millones de euros en
intereses de la deuda. 40.000 millones de euros transferidos a los mercados
financieros el pasado año. Añadiendo lo abonado al rescate bancario, un importe
superior a los peores recortes antisociales impuestos desde el final de la
dictadura franquista. En una termodinámica que expresa perfectamente a qué
élites se rescatan y a qué amplias mayorías sociales se hunden.
Dialéctica pura y llamada de emergencia que
anuncia todo lo que hay que cambiar con urgencia. Hoy mejor que mañana. Desde
el trabajo y el compromiso cotidiano. En este desierto de lo real, de la
economía impune, sólo nos queda, una vez más, insistir en nosotros mismos. En
nuestras propias fuerzas. En el potencial del tejido social, la implicación
ciudadana y la activación de la sociedad civil. Ellos. O nosotros. Porque
ellos, sin el nosotros, no son nada. Activarnos e implicarnos nuevamente
desde otra premisa básica y fundamental: que ya vamos demasiado tarde y que
quietos y mudos nunca transformaremos nada. Porque para salir del agujero negro
de la crisis lo primero que hay que hacer es dejar de cavar. Explorando
alternativas desde hace décadas, el cooperativismo y la economía social
practican cada día el derecho a decidir sobre el modelo económico. No
delegamos, actuamos. No esperamos, insistimos. Nos autodeterminamos cada día
para disputarle el terreno a un capitalismo ya senil, que destripa el tejido
productivo, la estructura social y el entorno ecológico.
Tríada para elegir, en el sexto año de la crisis
que todo lo malogra: o retrocedemos o nos estancándonos o empezamos a avanzar.
¿Escogemos la deriva griega, la portuguesa o la chipriota? ¿O reforzamos las
alternativas sociales, solidarias y cooperativas? ¿Elegimos dictadura de los
mercados? ¿O democratizamos la economía? Ellos, empeñados en destruir. Y nosotros,
que sólo sabemos construir. La lucha por un modelo socioeconómico democrático,
ético e inclusivo es, desde hace muchos años, una maratón de larga duración, profundo alcance e
inacabable recorrido. Pero las alternativas económicas –las ya consolidadas, las
abiertas o las que están en fase de pruebas– ya las tenemos. Ya están aquí.
Generan solidaridad, reparten la riqueza y anulan la especulación. Esta es la
buena nueva. Nuestra agenda de futuro colectiva, que hay que regar para que
continúe creciendo.
Reforzarlas, mejorarlas y hacerlas crecer es la
tarea más apremiante y necesaria. Aquí y ahora. Y más que nunca. Porque más que
nunca nos necesitamos recíprocamente, en el retorno cooperativo al apoyo mutuo
y a la solidaridad, tan antiguos como olvidados. Porque de esta crisis salimos
entre todos o no salimos. Porque todo depende todavía de nosotros mismos.
Porque nada cambia nunca si nada cambia nunca. Y porque hay que precipitar
urgentemente el nuevo tiempo de los comunes. Nuestro tiempo. Nuestra hora.
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